
Hablando de levantamientos populares o de la capacidad de los pueblos de reaccionar frente a condiciones adversas a su bienestar, la primera conclusión que puedo distinguir es que el pueblo llano está maniatado por la economía de subsistencia.
La política (esa ineludible facultad del ser social) es también un proceso económico… ¡salvajemente económico!; entonces, siendo la capacidad de incidencia política tan determinante para la vida del ser social, una vez más vale decir que “las condiciones materiales determinan la vida del hombre”. La libertad está inminentemente sujeta a la capacidad económica o material de ejercerla.
Estos enfoques nos permiten cuestionarnos si la inconformidad del pueblo es suficiente para que este pueda levantarse. El albedrío libre en los procesos colectivos tiene un precio que está muy por fuera del alcance de los presupuestos que propina, al final de una jornada, la pobreza en la que la mayoría de la población hoy en día vive.
Son las clases económicamente empoderadas, en alineación con sus intereses, las que generalmente han dinamizado las luchas internas que han provocado las grandes transformaciones sociales.
Por ejemplo, la lucha por la abolición de la esclavitud en América no solo estuvo determinada por la necesidad de reivindicaciones por parte de los grupos humanos afectados, sino que sucedió en torno a un cambio de matriz productiva (del tipo feudal al tipo industrial) y en torno a un cambio de Modo de Producción como tal. En este marco, ciertas burguesías a las que el salario de subsistencia (y no la mano de obra esclavizada) les resultaba conveniente desde el punto de vista de la expansión del mercado y de la ampliación de las oportunidades de consumo de su producción, adoptaron una posición más humanizada de los procesos de la economía y se mostraron a favor de la “libertad” de las clases oprimidas, oponiéndose a los maltratos de las élites esclavistas tradicionales que veían en la deshumanización del sujeto esclavizado su formato de lucro; pero realmente esta no era una posición relativa a una cuestión moral sobre la libertad humana, sino que era una postura favorable al cambio de modelo económico de su conveniencia y a sus intereses particulares de clase. Dicho de otro modo, era el tras bastidores de la puesta en escena de otra forma de maltrato sistemático en el modo de producción naciente.
En los Estados Unidos de mediados de 1800, las élites agrarias del sur con una estructura de tintes feudales o señoriales basada en grandes plantaciones de algodón y tabaco, cuya riqueza dependía enteramente de la mano de obra esclavizada para mantener costos bajos y competir en el mercado global, entran en conflicto con las élites del norte industrial, esta última con una estructura basada en el capitalismo industrial, la fábrica, el trabajo asalariado y la urbanización, en la cual necesitaban mano de obra libre que pudiera consumir los productos que fabricaban. Esta tensión entre ambos sectores pudientes desató el conflicto civil más sangriento de la historia de los Estados Unidos, la Guerra de Secesión.
No fue solo la rebeldía del pueblo negro la que dio paso a un cambio estructural, sino que fue la necesidad de las elites del norte por desarrollar un modelo conveniente a sus intereses lo que dinamizó el conflicto civil que terminó con la esclavitud en los Estados Unidos.
Es evidente que los intereses de las elites son determinantes en las luchas de carácter social –“la política es un proceso salvajemente económico” – y son usualmente estas élites las que, en defensa de sus intereses, pueden impulsar y financiar los procesos que reacomodan las estructuras. Por lo tanto, se puede concluir también que la inconformidad de un sector de las elites, ligada a la vulneración desus intereses, puede desembocar en conflictos internos que acarreen importantes transformaciones en la sociedad y en el estado.
Entre la monarquía francesa de 1789 (la que desencadenó la Revolución Francesa) y el régimen de Daniel Noboa, existen muchos más aspectos en común que el autoritarismo.
El absolutismo, entendido como la concentración total del poder ejercido sin límites, en Francia, en la monarquía de Luis XVI y María Antonieta, tomó un corte despótico. La grave crisis económica que atravesaba la nación arrinconaba al pueblo al hambre a la vez que era casi extorsionado mediante la exigencia de asfixiantes y desproporcionados tributos; esto acaloraba el descontento popular lo cual era aplacado con represión militar, encarcelamientos y ejecuciones; es decir, con miedo.
A pesar de la crisis, las excentricidades y despilfarros de la pareja real no cesaban. Esto aviva la insatisfacción de la muchedumbre que tenía que presenciar el espectáculo de los derroches mientras sus mesas estaban vacías.
Pero, como mencioné anteriormente, las cosas cambian cuando se tocan los intereses de las élites. La premura del rey por hacerle frente a la crisis lo llevó a incrementar los impuestos y a hostigar a las burguesías (las cuales gozaban de poder económico, pero carecían de poder político), cuyos miembros también fueron reprimidos, encarcelados y ejecutados cada vez que hacían sentir su descontento. La burguesía, que también aspiraba a una transición de modelo económico (pasar de la arquitectura económica feudal a la capitalista industrial) se apoderó del discurso de libertad e igualdad para levantar a las masas e impulsó financieramente el conflicto civil que erradicó la monarquía en Francia.
Saquemos los presupuestos entonces: 1. Poder absoluto, como en el Ecuador actual; 2. Crisis económica, al igual que en Ecuador en estos momentos, con el agravante de que en nuestro caso confluyen otros tipos de crisis como la de seguridad, la energética, la institucional, entre otras; 3. Acoso tributario al pueblo, como en el Ecuador de hoy, representado en la aplicación de medidas draconianas en torno a la reducción de presupuestos públicos (en aspectos de elemental atención como la salud y la educación) y en el alza de impuestos como el 15% del IVA, el retiro del subsidio al Diesel y muchos más; 4. Represión sistemática, como en la coyuntura ecuatoriana actual, que está protagonizada por la represión militar, persecuciones judiciales, encarcelamientos, ejecuciones (como la de los 4 niños de Las Malvinas) y, en general, por la política del miedo, sobre todo contra quienes figuren como opositores al gobierno de Noboa; 5. Despilfarros y arbitrariedad, como ocurre con el primer mandatario ecuatoriano, quien (por citar de entre un gigantesco listado de eventos) condonó una deuda tributaria de 94. 6 millones de dólares a su familia y se ha pasado en lujosos viajes la mayor parte de su gobierno; y 6. (el elemento detonante) Hostigamiento y afectación a los intereses de las burguesías, como sucede en la realidad nacional presente.
Este último punto constituye el factor común más importante y en él se centra todo este análisis.
A nivel general las condiciones actuales del Ecuador resultan completamente desfavorables para la clase empresarial, dadas las referidas crisis y la situación tributaria en curso, pero, no conforme con ello, el presidente Noboa, valido de su poder absoluto (Competencia ejecutiva, mayoría legislativa, injerencia electoral, intromisión judicial, poder económico, poder militar, poder mediático y la predisposición para romper el marco legal y el estado de derecho sin el menor pudor), ha cruzado barreras que no tenían precedentes.
Por mayores que fueran las tensiones y a pesar de las confrontaciones públicas, los conflictos de intereses entre las familias de la burguesía guayaquileña siempre encontraron solución en los patios de las casas de San Borondón y Mocolí, pero el presidente Daniel Noboa ha instaurado tenacespersecuciones contra miembros de algunas de estas familias, gestionando afectaciones a sus negocios y a sus proyecciones políticas. Esta actitud encuentra su punto más álgido en el reciente encarcelamiento del alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, y sus hermanos, con evidentes señales de discrecionalidad judicial y motivaciones personales.
Las burguesías en general (particularmente la guayaquileña, quiteña y cuencana) seguramente empiezan a sentirse como se sentía la burguesía francesa en 1789, con poder económico, pero con condiciones políticas totalmente desfavorables para sus intereses, para su libertad y para su misma vida.
Al igual que en la Francia de 1789, ¿Estamos, en el Ecuador, a las puertas de un conflicto interno que culminará con la caída de un Monarca?
Nota: Hay quienes con mucho acierto pueden considerar más apropiada la comparación conceptual entre la presidencia de Noboa y un régimen totalitario o una dictadura, sin embargo, hace posible invocar formas de gobierno más primitivas el hecho de que, en perjuicio de la naturaleza elitista de una dictadura o un régimen totalitario, Noboa entre en conflicto con sectores de la clase burguesa en nuestro país (de donde suele provenir la principal fuente de legitimidad en los modelos referidos); a pesar de que, en la comparativa con la monarquía absolutista, la característica del “derecho divino al poder” sea una salvedad o –quien sabe– un delirio oculto de nuestro presidente.
Tumaco,
jueves 26 de febrero de 2026

